El Zodíaco Mitológico, Virgo

La constelación de Virgo se puede vincular claramente a Mesopotamia, pues allí era vista como la espiga de cereal de la Diosa Madre Shala, tradición ésta que se mantuvo en la astronomía griega, pues el nombre de la estrella principal de la constelación es precisamente Spica.

En la mitología griega, Temis, en griego Θεμις, Themis, que significa ley de la naturaleza más que autoridad humana. Es mencionada por Hesíodo entre los seis hermanos y las seis hermanas hijos de Gea con Urano, Los Titanes. Entre estos Titanes del mito primordial, pocos fueron venerados en santuarios específicos en la época clásica, y Temis era tan antigua que los seguidores de Zeus afirmaban que fue con él con quien tuvo a las tres Parcas.

Temis, la del buen consejo, era la encarnación del orden divino, las leyes y las costumbres. Cuando se le hace caso omiso, Némesis, la venganza,  trae el justo y colérico castigo. Temis presidía la correcta relación entre hombre y mujer, la base de la familia legítima y ordenada. Los jueces eran a menudo llamados themistopoloi, sirvientes de Temis. Ella construyó el Oráculo de Delfos, y ella misma era un Oráculo. Temis fue una de las deidades tras el Oráculo de Delfos, que recibió de Gea y le dio a Febe. Vivió casi siempre en la Tierra pero durante la edad de hierro, llena del espanto que le causaron los grandes crímenes que se cometían, se trasladó al cielo donde ocupó el lugar del zodiaco llamado Virgo.

El Mito nos cuenta que Temis, venía abiertamente a presencia de los hombres, y no desdeñaba la compañía de los antiguos; antes bien, se sentaba mezclándose con ellos aunque era inmortal. Y la llamaban Justicia, pues congregando a los ancianos en una plaza o en una calle espaciosa los exhortaba a votar leyes favorables al pueblo. Entonces los hombres todavía no sabían de la funesta Discordia, ni de las censurables disputas, ni del tumulto del combate; vivían sencillamente; el peligroso mar quedaba a un lado, y las naves no iban lejos a buscar el sustento, sino que los bueyes, el arado y ella misma, la Justicia soberana de pueblos, suministraba todo abundantemente, ella, la dispensadora de bienes legítimos. Esto duró mientras la Tierra aún alimentaba a la raza de oro. Mas con la de plata, poco y de mala gana se relacionaba, pues echaba de menos la manera de ser de los pueblos antiguos. Pero a pesar de ello, todavía estaba presente durante la edad de plata: al atardecer descendía de los montes rumorosos, solitaria, y no se comunicaba con nadie con palabras amables, sino que cuando había cubierto de hombres inmensas colinas, los increpaba entonces censurando su perversidad, y decía que ya no vendría más a la presencia de quienes la llamaran: “¡Cuán degenerada descendencia dejaron vuestros padres de la edad de oro! Pero vosotros engendraréis unos descendientes peores todavía. Entonces ocurrirá que habrá guerras y desgracias, también muertes impías entre los hombres: el dolor caerá sobre sus faltas”. Después de hablar así, se encaminaba de nuevo a las montañas y abandonaba a todas aquellas gentes que la seguían todavía con la mirada. Pero cuando aquéllos murieron, nacieron éstos, la raza de bronce, hombres aún más perversos que los anteriores, los primeros que forjaron las espadas criminales propias de asaltantes de caminos, los primeros que comieron la carne de los bueyes de labor. Entonces la Justicia sintió aversión por el linaje de aquellos hombres y voló hacia el cielo; y a continuación habitó esta región donde de noche aparece todavía a los mortales como la Virgen, cerca del esplendente Boyero, esperando que los hombres aprendan sus enseñanzas para regresar a la tierra.